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JUNIO 2020 · ESP

El artista conceptual Alexander Apóstol es el primer invitado de Ciudades Pospademia. Su trabajo se centra en el análisis y cuestionamiento de la historia. Y en particular, de la historia contemporánea de América Latina. A través de la fotografía, el cine o el vídeo, el creador venezolano genera preguntas con el objetivo de relacionar la creación artística con las urgencias sociales.

En Ciudades Pospandemia, Apóstol reflexiona sobre el exceso de individualismo que caracteriza a los entornos urbanos. Frente a ello, el artista reivindica el significativo papel que desempeña el arte para crear vínculos e imaginar ciudades donde prime el sentido comunitario.

Ciudades pospandemia #1

Audio: Alexander Apóstol 
Realización sonora: Genzo P.
Edición y dirección: Kristine Guzmán y Eneas Bernal
Imagen: Alexander Apóstol. Contrato Colectivo Cromosaturado, 2012

Conecta con el trabajo de Alexander Apóstol en Instagram, Facebook.

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Transcripción del audio


Está claro que en nuestra historia moderna no hemos parado de tener brotes víricos, algunos convertidos en epidemias o pandemias. Seguramente padeceremos alguna o algunas más. Por suerte la alta capacidad de contagio del COVID-19 no va unida a una alta letalidad. Un ébola o aquel desconocido y letal VIH de los 80s, de haber tenido la capacidad de contagio del COVID-19 se hubiese llevado a la mitad de la población mundial. Y un virus de altísima letalidad y capacidad de contagio técnicamente es posible, y sería un gran desafío para los servicios sanitarios, las dinámicas económicas, los sistemas políticos, el diseño de las ciudades, pero, sobre todo, las dinámicas y redes sociales urbanas.

Le Corbusier y los racionalistas se concentraron en diseñar residencias y ciudades más higiénicas, profundizando en conceptos de espacio y ventilación. Los cinco pilares corbusianos apuntan a ello, y ciudades enteras desarrolladas durante aquellos años especialmente en América Latina, dan fe de ello. Sectores como Higienópolis en Sao Paulo es una perfecta ilustración de esta idea. Estos conceptos se mantienen desde entonces y de alguna forma han dejado en evidencia las enormes carencias que en ese sentido tienen muchas viviendas europeas y españolas.

Cuando llegué a Madrid y siendo latinoamericano hubo dos cosas que me llamaron la atención, entre otras cosas: las extensas y profundas dinámicas sociales entre sus habitantes y el escaso papel de la vivienda dentro de ellas. En Caracas, así como también en Buenos Aires, Bogotá, Rio de Janeiro o Mëxico DF, conviven dos ciudades de forma simultánea. Hablo de la coexistencia de la ciudad formal—en la que muchas de sus residencias permanecen bajo los lineamientos de ventilación e iluminación de los preceptos de los racionalistas—y la ciudad informal, conformada por ranchos o favelas donde estos preceptos evidentemente no tienen posibilidad de existencia y en la cual el hacinamiento unido al profundo sentido comunitario de sus habitantes son las claves para entender estos enclaves.

En Madrid no existe una ciudad informal como tal y aunque haya pequeños sectores informales, no son una parte importante de la ciudad. Sin embargo, dentro del parque de viviendas de la amplia zona central o histórica, podemos encontrar muchísimas viviendas sin las suficientes garantías de iluminación, ventilación y espacio.

En Latinoamérica se celebra tanto la calle como la casa. Cuando quieres agasajar a alguien o demostrarle simplemente que tiene tu simpatía le invitas rápidamente a tu casa. En Madrid cuando ocurre eso, el lugar de encuentro es la calle, un restaurante o un bar de copas. Rara vez la casa, o sino de forma poco frecuente. Sin embargo, la imposibilidad de vivir la calle debido al confinamiento nos ha desnudado y han quedado en evidencia la calidad de nuestros espacios.

Muchos de los habitantes de esta ciudad han estado cerca de colapsar al encontrarse en viviendas que no cumplen los principios mínimos de iluminación y ventilación que propugnaban los racionalistas, o quizás espacios mal distribuidos o escasos para todos los miembros de la familia. Por tanto, nuestra propia casa no solo no es el lugar de encuentro con el otro, sino que probablemente tampoco nos funciona para nosotros mismos o por lo menos, para mantenernos sanos físicamente y mentalmente. Creo que hoy más que nunca, con las probadas posibilidades de que llegue una nueva epidemia, nos replantearemos el alquilar o adquirir una vivienda en condiciones no aptas.

Salvando distancias, los espacios de los ranchos o favelas carecen en la mayoría de los casos de las condiciones mínimas de habitabilidad. Sin embargo, es compensado por un comprometido tejido comunitario y social. Las familias suelen ser numerosas y las relaciones con los vecinos suelen ser longevas, profundas y dependientes. A su vez sus relaciones con la ciudad formal, el comercio, las políticas municipales o nacionales o las relaciones con las autoridades o el poder suelen realizarse de forma comunitaria y no de forma individual. Evidentemente este tipo de relaciones existen porque son comunidades vulnerables y necesitan de la red grupal, con parámetros muy definidos y casi tribales, para poder hacer frente a problemas que afectan a todos. De esta forma estas redes o dinámicas sociales hacen fuerte, desde lo moral hasta lo físico, a esas mismas comunidades desvalidas o en posición de desventaja. Es la gran lección que nos legan las comunidades informales consideradas marginales y a su vez es la gran lección que nos ha proporcionado el COVID-19 de que ciudades muy individualizadas como las españolas o europeas sólo pueden superar las pandemias si utilizamos estrategias comunitarias donde todos somos participes. Los aplausos diarios, las denuncias de quienes iban sin mascarilla en tu calle o el uso de grupos WhatsApp para comunicación de pequeños grupos son rápidos ejemplo de ello. Al final de cuentas la ciudad no es más que un espacio de alta densidad donde el individuo es capaz de tejer o construir sus relaciones.

Una ciudad exitosa no es aquella que mantenga un PIB muy alto sino aquella que pueda dar cabida y respuesta a las preguntas de sus ciudadanos. Una ciudad exitosa es aquella que es construida y confrontada día a día por sus habitantes. El papel de los gobernantes es ofrecer más y mejores oportunidades, empleos, viviendas, espacios públicos, etc. Sin embargo, las políticas públicas solo pueden ser exitosas si son fomentadas por una sociedad organizada que interpele su propio espacio, sus propias políticas y la forma en que dichas políticas se gestionen. La pandemia que estamos viviendo nos da la oportunidad de observarnos y medirnos como sociedad, en cómo podemos gestionarnos para poder exigir políticas asertivas y ofrecer una relación basada en la solidaridad y colaboración con nuestros vecinos o con nuestras distintas redes o comunidades a la que pertenecemos. Una relación madura con nuestros gobernantes o con el poder está basada en una interpelación continua del sistema y de la forma cómo ellos manejan ese sistema.

Por tanto, hablar de las ciudades o de sus viviendas solo lo veo factible si logramos formular las preguntas adecuadas a nosotros mismos, al vecino o al poder. Preguntas que nos lleven a la reflexión y a la acción y que tengan la capacidad de generar respuestas, que no son más que cambios o de afianzar posturas que finalmente nos permitan definirnos como sociedad. Y es ahí donde me parece fundamental el papel del artista. Los artistas no diseñamos ciudades, ni sistemas sanitarios o partidos políticos.

Los artistas no tenemos la capacidad de generar cambios de un día para otro, como si fuésemos activistas o una marea de agitadores. Pero sí podemos imaginar espacios e imaginar dinámicas que puedan ayudar, fomentar o repensar a las ciudades y las relaciones entre sus partes que ayuden a construirla. Generalmente el artista se ha centrado en generar espacios de inclusión, reflexión, reivindicación, reapropiación o memoria, entre otros temas.

A lo largo de Latinoamérica hemos tenido extensas y profundas experiencias de artistas que interpelan al poder y a la comunidad. Desde las experiencias brasileñas del Teatro del oprimido, que buscaba recrear con actores situaciones injustas ocurridas en lugares determinados como hospitales u centros policiales, hasta las acciones poéticas de Lygia Pape con sus espacios imantados o la famosa acción Divisor, donde se apropia creativamente del espacio urbano a través de enormes telas ahuecadas donde los participantes asoman la cabeza apoderándose y replanteando el espacio público, pasando por las denuncias de Tucumán Arde sobre las paupérrimas condiciones de los trabajadores azucareros impuestas por la dictadura de Ongania… y un larguísimo etcétera que de alguna forma u otra—desde el activismo político hasta lo sensorial o poético—los artistas han buscado repensar las relaciones del individuo con su comunidad, con las instituciones, con el poder; la del individuo con su historia, con su yo político o con su espacio sensorial.

Hoy más que nunca el pensamiento y la creatividad son los puntos de partida que finalmente definirán nuestros espacios, nuestros derechos, la forma de relacionarnos y la manera de negociar y gestionar nuestras demandas y aportes.

La acción política ha sido el eje fundamental en el manejo de las directrices contra la pandemia, pero también ha sido un argumento para el contagio. Distintos engranajes institucionales, económicos y políticos no han salido indemnes de esta crisis sanitaria. Realizar preguntas acertadas pueden proporcionar luces para una defensa o un cuestionamiento y generar una matriz de opinión.

Artistas como Regina Galindo en Guatemala o el colectivo Mujeres Creando en Bolivia han interpelado al poder y de cómo se erige sobre el ciudadano a través de acciones callejeras que buscan generar efectos inmediatos en el transeúnte o espectador. Teresa Margolles crea acciones o fotografías que denuncian sistemáticos entornos violentos sobre las mujeres, obligando al espectador a posicionarse ante preguntas tanto incomodas como seductoras sobre la muerte o la violencia. Santiago Sierra crea acciones que cuestionan y desnudan el enorme engranaje cómplice entre sectores que generan y apoyan una larga cadena de abusos dentro del espectro social, económico y político. Tania Bruguera ha propiciado acciones donde es clave la inclusión del espectador bajo una estrategia de reflexión, complicidad y activismo, ofreciéndoles herramientas a miembros de la comunidad para la interpelación de las autoridades y el poder. Amalia Pica, trabaja con el color o el lenguaje a través de acciones de participación cívica ya sea como celebraciones o como protesta, para hablar de la historia política argentina. Helio Oiticica buscaba crear conexiones emocionales y políticas a través de las interacciones del espacio con el individuo en sus serie de los Parangoles o en su instalación Tropicalia. Aspectos relacionados al control o la autoridad, son formulados en sus espacios.

Evidentemente la red emocional y política que se establece en las obras de estos artistas, entre muchos otros, dan respuesta a muchas de las interrogantes políticas que han sido formuladas a través de la pandemia. En Venezuela la experiencia con el espacio y las formulaciones sensoriales y emocionales a través del mismo están demostradas en la obra de muchos de sus artistas, en especial en la obra de Jesús Soto y Carlos Cruz-Diez. Soto buscaba crear interrogantes ante la noción del espacio a través de la experiencia del espectador o participante. De forma similar opera la obra de Cruz-Diez. Él intervino numerosos espacios laborales o de vivienda en el país, donde manipula el estado anímico del individuo a través del cuestionamiento y posicionamiento del color. A él le interesaba crear un mejor entorno sensorial tanto para un trabajador como para un residente. Tanto en Soto como en Cruz Diez la experiencia del espectador es fundamental para la activación de sus obras, donde el espacio, la forma y el color ofrecen un lugar relevante a las relaciones sensoriales y emocionales del individuo.

De igual forma Ernesto Neto ha transformado la experiencia sensorial a través de sus volúmenes de tela o nylon con polvos o especias, creando una red de complicidad entre los espectadores, donde la interacción física es un reclamo. Los Carpinteros han formulado preguntas sobre el espacio político y el yo político a través de sus instalaciones o el dibujo, donde seduce e invita al espectador a ser parte. De esta forma sus preguntas o reflexiones viajan bajo un envoltorio aparentemente inocuo, pero tan seductor como efectivo. Carlos Garaicoa también conoce muy bien la seducción, y no solo ha trabajado sobre la memoria del espacio urbano de la habana y de cómo se activa la memoria del espectador con relación a la calle y a la ciudad. Por lo demás ha creado una red de creación y discusión a través de su taller tanto en La Habana como en Madrid. Pedro Reyes ha reformulado espacios de ocio, sanación o de pensamiento bajo dispositivos ingeniosos que replantean la función y eficacia de esos espacios. Sol Calero recrea en clave exótica espacios urbanos venezolanos donde se tejen intensas relaciones sociales, como restaurantes, peluquerías o agencias de viaje. Naufus Ramirez-Figueroa resignifica objetos en escultura, instalaciones y acciones donde teorías de la conspiración, miedos infantiles y la historia política guatemalteca están presentes.

Mi trabajo sobre la ciudad de Caracas y otras ciudades busca generar preguntas al espectador conectando la historia del arte o de la arquitectura con urgencias actuales sociales o políticas, resignificando la realidad actual bajo ópticas insospechadas. Por demás parte de mis proyectos, los he realizado bajo talleres o redes de creación colectiva donde conceptos históricos o ideas preconcebidas se abandonan para ser replanteados bajo ópticas transversales, luego de largas discusiones y mesas de trabajo grupal. Una vez más las conclusiones son el resultado de las conexiones intelectuales y emocionales de los colaboradores como el de los espectadores.

Tanto en mis proyectos, como los de Garaicoa y otros artistas que trabajan con obras o acciones con la ciudad o talleres abiertos, buscamos generar un nivel de conciencia con la ciudad y con su historia, que nos permita replantear y discutir otros puntos de vista y otras estrategias de supervivencia.

Conocer la historia de una ciudad es fundamental para poder comprender cómo puede operar una pandemia en sus espacios y cómo podemos defendernos, emocionalmente y físicamente, a partir de la preparación, disposición y el carácter de sus habitantes. Leandro Erlich formula interrogantes en cuanto a la percepción, donde la realidad se convierte en espejo de lo que creemos ver. Por el contrario, Tomás Saraceno crea sofisticados dispositivos sensoriales y lúdicos que replantean las conexiones de los espectadores ante el espacio y ante ellos mismos.

De forma igualmente lúdica, Adrián Vilar Rojas te conecta a través de esculturas e instalaciones con fantasmas tan intangibles como reales que provienen del imaginario infantil. Javier Téllez plantea interacciones entre personas de sanatorios mentales, donde la realidad, la ilusión y otros estados de conciencia son elásticos y su frontera se convierte en trampa. Una pandemia es un enemigo real que se cuela en tu espacio de forma igualmente intangible. Sin embargo, dentro de ella lo irreflexivo o los miedos viscerales se convierten en enemigo a abatir.

Lo realmente trascendental de esta pandemia no es si vamos a hacer calles más anchas o casas con mejores ventanas. Sino de interpelar nuestra capacidad de creación y respuesta ante las necesidades y retos que demandan nuestra comunidad o a las distintas formas de interacción social con la cual contamos y a la cual pertenecemos.

Replantear nuestro escenario social y político a través de la reflexión y la creatividad nos dará las herramientas para poder resolver nuestras necesidades emocionales, físicas e intelectuales. Reinventar y reforzar nuestro papel ante nuestras distintas comunidades y vecinos es fundamental para entablar una relación más madura ante el poder, las instituciones y el Estado y así poder reconfigurar y extender nuestra capacidad de gestión ante problemas sorpresivos o enemigos invisibles como una pandemia. Unificar reflexión, creatividad y gestión es el verdadero gran reto.


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