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AGOSTO 2021 · ENG

Kyong Park es profesor de Cultura Pública y Urbanismo en la Universidad de California en San Diego donde realiza proyectos que conectan la arquitectura y el urbanismo con el activismo.

En Ciudades pospandemia, Park analiza las raíces de esta crisis ambiental y de salud en el capitalismo a través de Corea del Sur, cuya hiper-centraliza economía, cultura y educación genera regiones formadas por poblaciones cada vez más envejecidas y asediadas por paisajes donde prima el abandono. Este es el contexto en el que surge su propuesta “La ciudad en una aldea. CiViChon.” Una iniciativa que imagina cómo lograr que las preocupaciones globales, nacionales y locales sean más íntimas, tangibles e identificables.

Ciudades pospandemia #15

Audio: Kyong Park.
Realización sonora: Genzo P.
Comisariado:  Kristine Guzmán y Eneas Bernal a sugerencia de Helena López Camacho.
Imagen: Giorgio Molfini. Sección de la maqueta CiViChon realizada por Giacomo Alef Faiella , 2021.

Conecta con el trabajo CiViChon de Kyong Park a través de civichon.com.

En 2009 Kyong Park expone la investigación “Las nuevas rutas de la seda” en MUSAC. En esta entrevista con el arquitecto se presentan las claves del proyecto: youtube.com.

Descargar transcripción en español Descargar transcripción en inglés

Transcripción del audio

Hola, mi nombre es Kyong Park y soy profesor en el Departamento de Artes Visuales
de la Universidad de California, en San Diego.

En mi respuesta a la pregunta de cómo la COVID-19 ha afectado a mi práctica del arte,
me gustaría hablar sobre mi nuevo proyecto llamado «CiViChon, city in a village» [ciudad
en un pueblo], y cómo explora la crisis en el medio ambiente, la comunidad, la
democracia y el capitalismo y cómo estos están interrelacionados entre sí en las
históricas tensiones entre cultura urbana y rural.

Corea del Sur ha hiper-centralizado su economía, su cultura y su educación, de forma
que ahora el 49,6 % de su población vive y trabaja en el área metropolitana de Seúl.
Ahora bien, Corea del Sur no es una excepción, pues casi todos los países
industrializados del mundo, en diferentes grados, se han super urbanizado en una o
varias ciudades globalizadas. La población, los materiales y la riqueza del mundo se
han coagulado en unas pocas y pequeñas islas de una prosperidad sin precedentes y
riqueza extrema, sumiendo a los municipios, ciudades y pueblos más pequeños en bajos
niveles de sostenibilidad y hundiéndolos en la más profunda desesperación por los
residuos, la basura y la contaminación que vierten en ellas y que se les amontona.
Mientras la megápolis ahora empieza a temer por su posible desaparición temprana por
la subida del nivel del mal, el resto del mundo ya se ha hundido hace tiempo. Al
despolarizar los vectores de la desigualdad, la riqueza, el poder y el conocimiento, se
han alejado del resto del mundo bajo las fuerzas centrífugas de un sistema económico
neoliberal hacia la globalización del comercio libre, en la que han participado o con la
que han colaborado casi todos los gobiernos o estados nacionales, quienes, en otros
casos, fueron incapaces de escapar de las minorías gobernantes de las corporaciones
financieras y su producción liberalizada, ilimitada y sin precedentes de cientos de
derivados, seguros y acciones que nunca habían existido hasta hace medio siglo.
Sus víctimas no son solo las menguadas ciudades del mundo, como Detroit, Liverpool,
Halle-Neustadt de la antigua Alemania del Este, o Ivanovo, en Rusia, u otras muchas
que ya conocemos. También se están viendo afectados los bosques de las pequeñas
ciudades o pueblos de todo el mundo que se están vaciando, como los municipios de
las colinas de la Toscana, en Italia, o la zona rural de Corea del Sur. Están despobladas
y, económicamente, de muchas otras maneras, marginadas, apenas sobreviviendo
gracias a una población envejecida mientras se ven asediadas por un creciente número
de casas vacías y granjas abandonadas que invaden este paisaje de deserción,
confirmando la llamada «teoría de la destrucción creativa» de Joseph Schumpeter.
El éxito de las políticas gubernamentales de descentralización de la población urbana
ha sido escaso en tiempo y en espacio, y el desequilibrio producido por la desigualdad
en educación, economía y cultura entre las zonas urbanas y rurales se ha ido
perpetuando hasta estar normalizado a día de hoy. Las políticas industriales y de
desarrollo que prometían una vida de prosperidad y liberación no se han materializado
para nadie en ninguna parte. La generación joven de Corea del Sur cada vez es más
escéptica ante el mito del crecimiento eterno, pues no se les han facilitado puestos de
trabajo que correspondan a su inversión en formación universitaria. La creciente calidad
de vida de su economía en desarrollo basada en las exportaciones que sus padres
crearon y disfrutaron parece estar pasando a la historia. Del mismo modo, los ancianos
no encuentran buenos trabajos que les permitan sobrevivir en zonas urbanas con altos
niveles de vida. Cada vez se ponen más de manifiesto señales de decepción con la
modernidad y la vida urbana, y es que el PIB nacional anual es una abstracción que
mide el aumento en la diferencia entre quien tiene y quien no y muestra que la promesa
de igualdad de la gran narrativa de la modernidad ha fracasado. En su lugar, la
economía del crecimiento eterno está asegurando una cita existencial de la humanidad
con el medio ambiente, pues hemos degradado y sobre utilizado el 60 % de los
ecosistemas mundiales para alimentar una economía insaciable y caprichosa que ha
crecido en más de cinco veces desde mediados del siglo pasado. Con un aumento de
las emisiones globales de un 4 % desde 1990, nuestro creciente PIB nos está
empujando a la extinción en vez de a la tierra prometida de la prosperidad.

La idea de regenerar municipios y pueblos o de convertir la urbanización en ruralización
no solamente está haciendo que la gente se mude de zonas urbanas a rurales. Está
siendo una parte de la historia de un movimiento mucho mayor o de una transformación
de la civilización y, por tanto, debe imaginarse y tratarse dentro de este mismo contexto.

El capitalismo dirigido por el mercado es el genoma subyacente de la urbanización, y la
concentración de riqueza es probablemente la razón exacta por la que los gobiernos no
han sido capaces de descentralizar a sus ciudadanos. Lo intentaran o no, se vieron
simplemente sobrepasados por el poder de un capitalismo neoliberal avanzado y
globalizado.

La COVID-19, la primera de otras muchas crisis medioambientales que están por llegar,
y una pandemia cuya vida puede llegar a ser más larga que la nuestra, nos están
mostrando que los derechos individuales pueden llegar a limitarse. Nos han mostrado
día a día en todo el mundo que el hecho de estar todos conectados no es del todo bueno
en todo momento. Nos está haciendo repensar en desconectarnos un poco más y
alejarnos del centro, en ser más independientes y más sostenibles, autosostenibles, de
lo que lo hemos sido en nuestra era premoderna, y de lo que tendremos que serlo en
nuestro futuro posmoderno. ¿Por qué? Porque el problema no es la COVID o la
urbanización o el calentamiento global o lo que sea. El problema no es otro que nosotros
mismos, pues estamos produciendo todos estos problemas que nos amenazan.
El eslogan «Estamos juntos en esto» de propaganda capitalista de la COVID-19 es
cuestionable. Pero no solo porque las corporaciones capitalistas dominantes lo hayan
mercantilizado para venderse como industrias humanas y empáticas, sino porque es la
identidad del «nosotros» la que está siendo machacada por las desigualdades en cuanto
a los contagios, muertes y vacunaciones entre blancos y negros, ricos y pobres y gente
con seguro médico y sin él. Esta división se acentúa por el hecho de que la población
de los países del Lejano Oriente utilizó mascarillas en un 80 % o más durante los
primeros cuatro meses de la pandemia, mientras que el resto se negó a ponérsela. Por
ejemplo, Alemania empezó con un 0 % hasta alcanzar un 60 % de gente utilizando la
mascarilla, Reino Unido con un 40 %, Australia con un 20 % y Dinamarca con un 5 %.
En junio de 2020, en Estados Unidos, solamente un 30 % de los Republicanos utilizaba
siempre la mascarilla y un 62,5 % de los Demócratas lo hacía. Es bastante obvio que
no hemos estado todos juntos en esto. Y lo más decepcionante fue que la gente utilizaba
mascarillas para protegerse a sí misma de los demás, pero no para proteger al resto de
sí mismos. Estamos todos divididos y solos.

Mucha gente piensa que la COVID descentralizará a la población humana. Quizás sí,
hasta que se termine el éxodo producido por el pánico hacia las zonas rurales. No
obstante, parte del teletrabajo, la reducción de los espacios de oficinas y las sedes
empresariales puede que se queden y se normalicen más que nunca. Por otra parte, ya
se habían dejado ver algunas señales de migraciones inversas en Corea del Sur antes
de la COVID-19. El llamado «qi-nong» o movimiento de vuelta a las granjas que comenzó
en 1996 ha crecido hasta abarcar 10 000-12 000 familias al año entre 2011 y 2015.
Cuando se combina con el «qi-chon», movimiento de vuelta al pueblo, la migración rural
ha registrado la cifra anual de 300 000 hogares que se mudaron a zonas rurales entre
2013 y 2015. Aunque este número parezca demasiado alto, los informes muestran un
incremento anual doce veces mayor de gente «qi-nong» (vuelta a las granjas) entre 2002
y 2015, especialmente después de 2008. La recesión global que detuvo virtualmente
proyectos de redesarrollo urbano en Corea del Sur puede haber contribuido a lo que se
está considerando como el mayor fenómeno geográfico y poblacional de Corea del Sur.
Esto hace de Corea del Sur el lugar perfecto para empezar un CiViChon. Este nombre
combina las primeras dos letras de «City» (ciudad) y «Village» (pueblo) y termina con
«chon», una palabra coreana que identifica un entorno rural. Su subtítulo «city in a village»
(ciudad en un pueblo) sugiere el movimiento del espacio urbano hacia el pueblo,
haciendo alusión al proceso de ruralización en el que la cultura urbana se vuelve rural y
la cultura rural se muda a las ciudades.

CiViChon pretender ser un proyecto de larga duración, pues es colaborativo y busca
formar un colectivo que, de muchas formas, se convierta por sí mismo en comunidad.
Se trata de un proyecto imaginario porque la realidad ha demostrado ser incapaz de
resolver nuestro pasado y nuestro futuro. CiViChon nunca debería terminarse, pues
sería mejor que quedara como un proceso eterno, porque, con toda probabilidad, no
habrá una única solución concreta al final. CiViChon es una democracia en un estado
anárquico, voluntariamente aislada entre el capitalismo y el socialismo en busca de algo
mejor y nuevo.

Ya no tengo tiempo suficiente para hablar sobre CiViChon en detalle, pero para más
información, pueden visitar civichon.com. Gracias por su tiempo.

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