Spotify

SEPTIEMBRE 2021 · ESP

Iago Carro es arquitecto, urbanista e investigador. Desde el año 2006, es miembro-fundador de Ergosfera, una cooperativa con base en A Coruña que defiende la acción urbana desde las prácticas y los problemas de las personas.

En Ciudades pospandemia, Iago Carro reflexiona sobre las vías de trabajo para componer ciudades más ricas. Su intervención se detiene en tres ejemplos que además recogen los intereses de Ergosfera: la investigación sobre las 33 residencias de mayores en A Coruña, una tipología urbana muy olvidada por la sociedad cuyo análisis se ha vuelto ineludible desde marzo de 2020; un estudio sobre el origen de los espacios informales en la ciudad que se titula El ciclo urbano: siempre vida útil. Y, en tercer lugar, un trabajo sobre los usos que acoge el oleoducto que atraviesa A Coruña y en el que se evidencian los límites del diseño urbano. a la hora de acoger muchas de las formas de vida que enriquecen la ciudad contemporánea.

Ciudades pospandemia #16

Audio: Iago Carro [Ergosfera].
Realización sonora: Genzo P.
Comisariado:  Kristine Guzmán y Eneas Bernal.
Imagen: Ergosfera. Mapa de las residencias de mayores en A Coruña, 2020.

Conecta con el trabajo de Ergosfera a través de www.ergosfera.org y twitter.com/ergosfera_org.
Proyectos que se mencionan:
Las residencias de mayores en el área urbana de A Coruña: www.ergosfera.org/archivo/residencias.
El ciclo urbano: siempre vida útil: www.ergosfera.org/archivo/txt/ciclo_urbano.html.
El oleoducto de A Coruña: www.ergosfera.org/archivo/oleoduto.

Descargar transcripción en español Descargar transcripción en inglés

Transcripción del audio

Buenas, ¡gente! Mi nombre es Iago Carro y soy miembro de Ergosfera, que es una cooperativa de trabajo en la que nos dedicamos a la investigación urbana y a la práctica urbanística desde 2006, compartiendo libremente todos los materiales que producimos en nuestra web.

Por situarnos un poco, A Coruña, que es la ciudad en la que vivimos y sobre la que más hemos trabajado, es un área urbana gallega suficientemente grande y globalizada como para poder estudiar casi cualquier fenómeno urbano contemporáneo, y a la vez suficientemente pequeña y singular como para poder analizar y entender mínimamente casi todos los procesos actuales e históricos que determinan su realidad urbana.

Agradeciendo a Eneas y a Kristine su invitación a compartir algunas ideas sobre las Ciudades pospandemia, he pensado en contar nuestro posicionamiento a partir de dos proyectos desarrollados desde el inicio de esta crisis y que además creo que resumen bastante bien nuestro trabajo. Uno sobre las residencias de mayores en el área urbana de A Coruña y otro sobre algunos de los espacios más capaces de acoger usos informales en la ciudad.


Por poner un poco de contexto para empezar, es necesario decir que la pandemia comenzó con dos semanas de crisis total, básicamente por la percepción de inutilidad de nuestro trabajo. Y de pensar cosas como para qué sirve lo que hacemos si no somos “esenciales” en un momento así de delicado y cuando la sociedad lo necesita. No sé, personalmente fueron unos días duros por lo compartido con todo el mundo y también porque, por primera vez en 14 años, el sentido de lo que hacíamos estaba puesto en duda.

Tras estos 15 días, el inicio de la pandemia también nos permitió un poco dejarlo todo. O más bien, ser dejados por los proyectos en marcha que se caían por la crisis. Así que tras esa parálisis inicial pudimos pensar en responder a lo inmediato y, en abril de 2020, decidimos comenzar el estudio de una tipología muy olvidada por la sociedad y por la arquitectura y el urbanismo, pero que de repente aparecía cada día en las noticias: las residencias de mayores.

Un proyecto que surge directamente de la realidad que vivíamos. Todos pudimos ver cómo con la crisis de la COVID-19 las residencias se convirtieron de un día para otro en un tema de debate público a raíz del enorme impacto sanitario que sufrieron durante esos primeros meses de la pandemia. Y así, una realidad que hasta este momento había pasado prácticamente desapercibida para buena parte de la población, se introdujo rápidamente en las conversaciones populares y en las agendas políticas.

No solo por la percepción de la fragilidad a la hora de enfrentarse a una situación excepcional (que seguramente está más relacionada con los problemas laborales y de medios infraestructurales, técnicos y humanos que ya se llevaban tiempo denunciando sin demasiada repercusión pública). Sino porque también supuso la visibilización más general de sus condiciones materiales: para muchas personas era la primera vez que veíamos tantos edificios de esta tipología y podíamos empezar a detectar patrones y problemas urbanos simplemente viendo las noticias.

Desde el campo crítico, el análisis se centró principalmente alrededor de la titularidad y la gestión de las residencias, es decir, en el reconocimiento del gran proceso de privatización de este servicio público a todos los niveles. Pero además, también surgió un cierto debate sobre el propio modelo de las residencias, sobre el tipo de lugares que son en relación a las necesidades vitales, no exclusivamente fisiológicas o de cuidados, de las personas que las habitan.

Partiendo de estos análisis, este proyecto trata de aportar conocimientos útiles para reflexionar sobre el modelo de residencias que se ha desarrollado en las últimas décadas: como realidad material y urbana en el territorio y como vivienda y lugar de trabajo o visita cotidiana para muchas personas.

Un estudio desde la perspectiva urbana, de las residencias en relación a la ciudad y al territorio, es decir, sobre las consecuencias para la vida de las personas usuarias que se derivan de cuestiones muy básicas como la situación, las condiciones urbanas o la forma arquitectónica de estas residencias.

Por ejemplo, preguntándonos cosas como dónde están ubicadas y como están distribuidas por el territorio, o cómo es la urbanización de su contexto inmediato y de qué servicios disponen en sus inmediaciones, para ver si tienen sentido sus localizaciones muchas veces alejadas de los lugares con actividad urbana y servicios cercanos, o analizar cómo los casos históricos fueron desplazados desde los centros a las periferias urbanas. Preguntándonos también cómo es su contacto con la trama urbana y los territorios que las acogen, o cuál es el grado de permeabilidad de sus límites, para ver cómo se relacionan con su contexto (si sus perímetros y zonas de entrada son lugares con vocación urbana y humana, o si son más bien de un modelo hospitalario o incluso casi militarizado). O como cuáles son las tipologías existentes en relación a su tamaño, o con qué otro tipo de actividades comparten espacios, para ver cómo influye su tamaño en todas estas cuestiones materiales y urbanas, pero también en otras más teóricas como su condición de institución total.

Finalmente, el proyecto consta de cartografías, gráficos, tablas de datos y una recopilación de múltiples fuentes documentales sobre las treinta y tres residencias identificadas en el área urbana de A Coruña.

Y lo que intentamos con este trabajo era realizar un diagnóstico que nos permitiera sintetizar una serie de recomendaciones y criterios técnicos para definir posibles intervenciones de mejora en las residencias existentes en la actualidad: tanto en sus contextos urbanos próximos, muchas veces sin ningún tipo de urbanización o servicio cercano, como en sus propios espacios libres y en sus límites en contacto con el exterior. Y también para definir las condiciones urbanas deseables para las futuras residencias que se construyan: las características de una situación adecuada y de las necesidades urbanas y arquitectónicas en términos de contexto, ambiente, urbanización, movilidad o dotación de servicios próximos que deberían tener.


Por otra parte, y cambiando ya de tema al segundo de los proyectos, pasados esos primeros meses de la pandemia y ya asentadas algunas ideas sobre lo que había ocurrido, consideramos que había otra urgente necesidad para abordar esa pregunta sobre cómo pensar mejores ciudades: recuperar la agenda previa exactamente en el lugar en el que se quedara el 14 de marzo de 2020, que era, entre otras cosas, la investigación sobre los orígenes y las condiciones urbanas de los espacios y los usos informales en la ciudad.

En este sentido, el trabajo El ciclo urbano: siempre vida útil, que básicamente es un texto y un diagrama, es parte de uno de nuestros proyectos continuos llamado Degradación-Exterioridad-Emergencia, en el que, desde hace años, estudiamos los espacios y los usos informales en la ciudad contemporánea y su papel como auténticas dotaciones urbanas que de alguna manera amplían las posibilidades de uso de la ciudad.

Si en otras ocasiones hemos estudiado los usos de los espacios de origen infraestructural, en concreto los espacios bajo puentes y viaductos, o los grafitis y pintadas como forma de comunicación urbana, o los espacios periféricos junto a grandes vías de comunicación, o el descampado como una de las tipologías básicas de la ciudad, en esta ocasión, el estudio está centrado en entender cómo el propio ciclo urbano de cada parcela incluye muchas fases consideradas sin importancia porque no tienen usos formales, pero que, precisamente por eso, tienden a acoger usos informales.

Pensemos en cualquier fragmento del territorio que se hace urbano (una parcela cualquiera). En ese momento, al hacerse urbana, entra en un ciclo continuo de construcción, uso, abandono y ruina que se puede desarrollar de muchas formas y tiempos, pero que una cuestión muy olvidada pero fundamental es que todas sus fases se pueden paralizar en cualquier momento y por múltiples motivos (por ejemplo, por una ilegalidad urbanística, por una quiebra empresarial o por un fallecimiento).

Si pasa esto, y la que se paraliza o cronifica es una de esas fases sin usos formales que se convierte así en un estado calcificado durante un periodo de tiempo indeterminado (y que es una realidad también muy habitual si pensamos en los solares, las obras o los edificios abandonados o en ruinas de cualquiera de nuestras ciudades), lo que surgen son otro tipo de espacios urbanos que quizás sea necesario empezar a considerar con un poco más respeto y ambición científica.

Para empezar, reconociendo que adjetivos que son muchas veces plenamente adecuados para describirlos, como vacíos, inacabados, abandonados, feos, degradados o inútiles, en realidad son solo perspectivas de análisis muy concretas y que además son incapaces de dar cuenta de la complejidad de su naturaleza real o de las vidas que acogen.

Imaginemos este proceso, el de una parcela urbana a lo largo de su historia. Un posible ciclo de la edificación de fases que se podrían paralizar en cualquier momento, podría ser el siguiente:

Empezaríamos por un estado de espacio libre o de solar no edificado. En este caso, si se paraliza este estado todos podemos recordar actividades realizadas en solares o descampados: desde huertas, jardines o espacios de ocio autogestionados hasta lugares de juego, aparcamientos o incluso asentamientos informales de mayor escala.

Desde este estado pasaríamos a las fases de obras, que se podrían simplificar en tres momentos diferentes y singulares: primero el de topografía interesante, que es cuando lo que hay es una acumulación de tierras y materiales o un socavón, y que nos recuerdan a las lagunas artificiales-naturales y a los ricos ecosistemas generados en ellas, pero también o los campos de juegos infantiles en las obras de al lado de nuestras casas.

Más avanzada la obra, estaría la fase de esqueleto estructural (de la que también hay múltiples ejemplos de uso, desde lugares de cruising o raves, hasta los recuerdos de reuniones juveniles en obras abandonadas donde subir por las losas-escalera era ya una aventura).

Y por último estaría el estado de obra semiacabada, que tras esta última crisis inmobiliaria pudimos comprobar como hubo múltiples ejemplos de ocupaciones, con c y con k, de este tipo de edificios que quedaban en limbos legales.

A partir de estas últimas fases, ya pueden aparecer los estados intermedios ya habitados (que es cuando se produce la ocupación por sus usuarios antes de acabarse la edificación, a veces de manera formal, y muchas veces informal, al menos en términos administrativos).

Tras las obras llegaría el estado de normalidad o el momento de clímax desde el punto de vista del proyecto arquitectónico (que es la única fase legítima desde la perspectiva disciplinar: cuando lo edificado ya está completamente acabado y habitado por sus usuarios).

Y a partir de ahí, aparecerían los procesos de cambio posteriores derivados de su uso (las transformaciones y cambios realizados por los habitantes de lo edificado y que, aunque ya no cuenten muchas veces con el beneplácito de la técnica, aún acogen usos totalmente formales).

Las siguientes posibles fases ya serían la de abandono (de la que hay ejemplos en todo el mundo de ocupaciones residenciales y de centros sociales autogestionados, pero también historias globales sobre aventuras infantiles, adolescentes y juveniles en una casa o una nave abandonada).

Tras el abandono, llega la fase de ruina, también con muchísima capacidad de acoger usos informales vinculados al ocio, a la residencia precaria o a las actividades ilegales. Y tras la ruina, de nuevo llegaríamos a la fase de espacio libre o solar, volviendo a empezar el proceso, pero ya con una capa más de memoria sobre ese fragmento concreto del territorio humanizado.

La pregunta fundamental que guía este trabajo y el resto de los vinculados al proyecto Degradación-Exterioridad-Emergencia es: ¿cómo se producen y cuáles son las condiciones urbanas de esos momentos previos a la aparición de los usos informales en la ciudad? Y me gustaría remarcar que esta obsesión por lo informal es también una cierta forma de practicar la “participación ciudadana”, aunque sea de una manera con otro grado o metodología.

Porque observando y estudiando lo que hace la gente sin mediación, es decir, sin una urbanización cuya materialidad represente lo que se puede o no se puede hacer, es posible aprender muchísimo sobre las necesidades urbanas y sobre los límites del mundo formal que continuamente ayudamos a construir como técnicos.

En nuestra opinión, no se puede rehuir esa paradoja que plantea la cita, no sabemos si apócrifa o real, de Henry Ford que decía que: «si le hubiera preguntado a la gente qué querían, me habrían dicho que un caballo más rápido». Aunque siempre se utiliza esta cita únicamente como ataque a las políticas participativas, en la ciudad puede pasar algo parecido y ya hay muchos ejemplos en los que se ve que la participación ciudadana está limitada a lo que se puede imaginar colectivamente según muchos factores, no todos populares, sino mediáticos o políticos. Por eso, la distancia que se da al experimentar y estudiar estos lugares (aun participando de ese cliché del antropólogo en el Amazonas), no impide que sea una oportunidad tremenda para observar cómo nos comportamos los humanos en condiciones de civilización de otro grado o menos controladas.


Por resumir un poco, estos dos proyectos son también una buena representación de los intereses más generales de nuestro trabajo:

– Por una parte, el proyecto sobre las residencias de mayores es un intento de responder a lo inmediato, pero también a la pregunta moderna por lo formal y por lo público.

– Y, por otra parte, el proyecto sobre el ciclo urbano es un paso más en la investigación sobre los espacios urbanos contemporáneos, recuperando la agenda previa, para abordar la pregunta posmoderna por lo informal, lo popular, lo autónomo y lo común.


Y llegados a este punto, me gustaría introducir una reflexión sobre la cuestión de la investigación autónoma o independiente.

Por hacer un repaso de la situación actual de la investigación, a través de estos dos proyectos queda también muy bien reflejada la realidad de lo que significa hoy en día desenvolver una actividad investigadora en términos prácticos, al menos al margen de las instituciones y la academia, donde la precariedad por supuesto es la norma.

Desde luego en nuestro caso, la investigación está sustentada en el privilegio de situaciones personales sin necesidad de pagar un alquiler o de cuidar a un dependiente y teniendo una red familiar para poder atreverse a jugar a la investigación. Y en ese momento concreto de la pandemia, incluso a las ayudas del Estado que llegaban para aquellas que cumplíamos una serie de requisitos (y no para muchas de las personas que más lo necesitaban y no cumplían).

Como muchas otras veces, la realidad es que ninguno de estos dos trabajos ha conseguido más financiación que la derivada de charlas y participaciones en cursos.

Y la cuestión es que en el segundo caso era lo esperado, pues un trabajo de investigación sobre estos temas de la informalidad, la autonomía o los comunes realmente solo tiene cabida en el sector cultural, académico o artístico, y durante la pandemia perdieron muchísima actividad, además de que en periodos normales tampoco son campos muy capaces de financiar investigaciones complejas.

Pero en el otro trabajo, la verdad es que pensábamos que por primera vez se había producido una convergencia entre nuestros intereses y una necesidad socialmente consensual. Es decir, las residencias de mayores eran un tema tan ajeno y desconocido para nosotros, pero a la vez tan presente cada día en los medios, que por fin nos parecía haber dado con un tema en el que la financiación pudiese significar algo más que ayudas a la precariedad.

Aún así, este proyecto solo ha implicado unos ingresos de 800 euros por tres charlas, y siendo además destacable que las dos que trataban exclusivamente este tema fueron realizadas fuera del ámbito de estudio y de Galicia (en Navarra y en el País Vasco). Es decir, por supuesto que solicitamos financiación para continuar el proyecto a administraciones públicas, a fundaciones y a otras instituciones, pero por lo que sea ninguna tuvo interés en apoyarlo. Y algo habremos hecho mal o hasta ahora no dimos con la fórmula o no cumplimos los requisitos o lo que sea y ya está. Simplemente creemos que es bueno hablar de ello.

Por otra parte, estas no son las únicas dificultades para la investigación independiente, sino que también se podrían mencionar la falta de flexibilidad para participar en proyectos universitarios, o la inexistencia e incluso la eliminación de convocatorias públicas por parte de Ayuntamientos y otras instituciones, o la imposibilidad de subsistir en base a la edición de investigaciones propias o a su publicación en medios, o la dificultad añadida que implica la apuesta por la investigación abierta y que se devuelve libremente a la sociedad como máxima en nuestro caso.

Temas que hacen cada vez más difícil seguir investigando y que para nosotros, en mi caso al menos y como decía, solo el privilegio sostiene esta actividad. Porque la mayoría de las personas no están en la misma situación vital y no todos vamos a poder ser Forensic Architecture para poder subsistir haciendo investigación urbana desde el mundo del arte o la cultura. Y lo cierto es que, desde la experiencia personal, las personas más brillantes y capaces de nuestra generación están fuera del mundo de la investigación sencillamente por no tener los mismos recursos, o por tener formas de pensar extra-académicas y no pasar por el aro institucional o del mercado.


Por último, quería hacer un vago comentario sobre las posibles vías de trabajo para pensar esa ciudad pospandemia que da título a esta serie de podcast.

Es cierto que esta crisis ha servido para que muchas ciudades aumenten sus espacios públicos y tiendan a reequilibrar esa injusta relación entre automóviles y peatones, por ejemplo. Pero la verdad es que las acciones que se han impulsado ya eran un consenso antes de la pandemia. E igualmente desde lo privado, ya sabíamos también que queríamos casas más grandes, más flexibles, más soleadas y con un balcón o un jardín. La cuestión era que podíamos suplirlo con espacios públicos y por eso quizás no era un tema de debate social tan importante como tras la revelación que supuso el confinamiento.

El resumen de esta situación es que tras esta crisis, para nosotros las vías de trabajo para hacer mejores ciudades parecen seguir siendo exactamente las mismas que antes: muy directas y genéricas y que, por simplificar, podríamos llamar, por una parte, el urbanismo para sobrevivir, y por otra, el urbanismo para vivir mejor.

El de sobrevivir, lo tenemos todos claro: trata de que, desde luego, la cuestión ecológica y medioambiental de conseguir seguir manteniendo la posibilidad de la vida en la tierra es el objetivo número uno de cualquier práctica urbanística relevante (al igual que el proyecto de las residencias, es lo inmediato). Y aquí se incluye la cuestión de la sostenibilidad, pero también desde la perspectiva del Capitaloceno y de los derechos humanos.

El segundo, el de vivir mejor, trata de lo que también se lleva ya tiempo hablando: del “derecho a la vivienda y a la ciudad”, el diseño que pone a “las personas en el centro”, la “participación ciudadana”, los “cuidados”, los “comunes urbanos”, la “accesibilidad universal”, los “estándares de habitabilidad”, la “compacidad y mixticidad urbana”, el “urbanismo crítico, colectivo o táctico” y un largo etcétera de conceptos que son cuestiones trascendentales para la vida y a las que dedicamos una parte de nuestro trabajo. Y en los que creemos, siempre que logremos actualizarlos constantemente y, sobre todo, siempre que logremos evitar la inercia de convertirlos en conceptos comodín vacíos de significado. Y para esto nos gusta, o es nuestra prueba del algodón, tener siempre presente esa máxima que cuenta Rubén Martínez, que sirve en realidad para evaluar a todos estos conceptos, cuando dice que «no hay participación sin redistribución del poder».

Hacer una ciudad para “sobrevivir” y para “vivir mejor” son las dos vías de trabajo fundamentales, y digamos que ahí se situaría el proyecto de las residencias, pero hay otra cuestión que para nosotros desde la perspectiva urbana tiene una relevancia fundamental. Un tema muy difuso por ahora y sobre el que tenemos más dudas que certezas, pero que tiene algo que ver con todo esto de los espacios y usos informales, y con seguir pensando lo humano e incluso también en protegernos de nosotros mismos como humanos.

Este otro gran tema es el problema del poder de control de los humanos sobre los humanos, que sin duda ha avanzado con la crisis en muchos ámbitos, sobre todo los tecnológicos, y que ya llevaba una línea muy ascendente en las últimas décadas, pero que aún vemos lejísimos de ser identificado como un problema por la sociedad.

El Estado y el mercado disponen de cada vez más herramientas técnicas y jurídicas para planificar y controlar todo el espacio habitado. Y en las sociedades complejas tenemos tan clara la necesidad de la organización social, como de las libertades, las autonomías o las comunidades no controladas en muchos campos de la vida. Y el espacio es simplemente uno más de esos campos fundamentales.

Mientras avanza el control y la automatización urbana (muchas veces bajo eslóganes como el de la “humanización”, la “Smart City” y ese tipo de conceptos), tenemos la convicción de que, en una ciudad rica deben tener cabida el orden y el desorden, lo público y lo común, lo privado y lo autónomo, lo formal y lo informal. ¿Cuál es el punto de equilibrio entre unos y otros en términos generales? Pues esto ya será cuestión de debate o de diferenciación entre barrios, ciudades o culturas, pero, como decía Manuel de Sola-Morales, lo que tenemos claro en este sentido es que «la ciudad contemporánea no es más fea cada día: es cada día más rica».

Y hablamos de un tema irresoluble por ahora y que, como decíamos, no hay una respuesta clara a qué hacer con estos lugares o si se pueden crear o conservar o lo que sea.


Un último ejemplo puede ayudar a entender la necesidad de abordar el problema del diálogo o, más bien y muchas veces, del conflicto entre esas dos cuestiones que tenemos tan claras (como decíamos, el urbanismo para sobrevivir y el de para vivir mejor) y esta otra tercera cuestión que aún no sabemos ni nombrar ni definir con precisión.

Estos meses estamos trabajando en otra investigación sobre el oleoducto de A Coruña, que básicamente es una franja de suelo libre sin edificar, de unos 15 metros de anchura de media y de 5,5 kilómetros de longitud, que rodea y atraviesa la ciudad para conectar la refinería con el muelle petrolero. Y bajo esta franja de protección van los conductos con crudo y productos refinados entre ambos sitios.

El contexto es que cada vez hay un mayor conocimiento popular de esta infraestructura y un mayor deseo social de que deje de estar en funcionamiento para recuperar ese espacio y crear un gran corredor verde que rodee el centro del área metropolitana, un lugar verdaderamente espectacular. El tema es que, en la actualidad, este espacio en principio vacío, pero accesible, también tiene otras capacidades y condiciones valorables en términos urbanos.

Durante el análisis de los usos informales que tiene en la actualidad este espacio y sus alrededores, entre otros casos maravillosos (como las áreas de pastoreo urbano, las instalaciones de todas las escalas para las colonias felinas o un cobertizo colectivo autoconstruido por jubilados para pasar el día), uno de los lugares que más nos llamaron la atención fue un sencillo espacio de reunión juvenil en el medio de una pequeña zona densamente arbolada en unos terrenos de ADIF (la clásica franja de protección junto a una vía de ferrocarril).

Un pequeño espacio completamente protegido de las vistas y al final de un camino poco accesible entre los árboles, y conformado simplemente por un banco público robado, y desplazado desde algún otro lugar de la ciudad, y varios palés apilados a modo de mesa y en un lateral para acabar de conformar el espacio. Y allí, pues nos encontramos a una pareja de adolescentes recostados en el banco con los pies en la mesa y viendo algo juntos en el móvil. Es decir, la cabaña en el bosque de la aldea en donde reunirte con tus amigos o con tu pareja que aún vivimos muchas personas de nuestra generación. Pero en la ciudad y en el año 2021.

Pues bien, por supuesto que existe un interés público en convertir ese oleoducto en un corredor verde por donde caminar y mejorar la ciudad tanto desde el punto de vista social como medioambiental. No hay ninguna duda sobre esto. Pero esa definición de interés público creemos que no resuelve una contradicción ya señalada por la filosofía y otras humanidades desde hace siglos. Y es que, en nuestra opinión, en ese humilde espacio de reunión -de una pareja de adolescentes- autoconstruido entre los árboles está resumida la historia del mundo.

Y ya sabemos que no habrá planeta habitable si no hay ciudadanos y pájaros. Y en ese corredor verde habrá ciudadanos y pájaros. Pero difícilmente seguirá siendo el lugar donde poder encontrarse una situación que sintetice de una forma tan nítida lo que somos. ¿Cuál es el grado de interés público de la sola posibilidad de que surja este momento mágico?

Y con esa duda acabamos. Hasta el siguiente episodio de Ciudades pospandemia. ¡Y salud!.

Leave A Comment