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AGOSTO 2020 · ESP

Susana Velasco es doctora arquitecta, artista y docente en la Escuela de Arquitectura de Madrid. Desde el año 2005 desarrolla una investigación sobre los vínculos entre las personas y el territorio; y cómo la arquitectura, puede comprenderse como un lugar de mediación entre ambas escalas.

En esta entrega de Ciudades Pospandemia, Susana Velasco indaga en cómo las herramientas de la arquitectura y la acción de construir forman parte de esa cadena de acciones que conectan a las personas con la vida.

Ciudades pospandemia #3

Audio: Susana Velasco
Realización sonora: Genzo P.
Edición y dirección: Kristine Guzmán y Eneas Bernal
Imagen: Miguel “El pajarito”. Pequeño Museo Comunal. Dibujo. Cortesía de Susana Velasco.

Conecta con el trabajo de Susana Velasco a través de www.susanavelasco.net.

Ejercicios realizados Escuela Técnica Superior de Arquitectura de Madrid, ETSAM bajo el tema El observatorio:

En la Colección Arte y Arquitectura AA MUSAC se encuentra su libro A partir de fragmentos dispersos: arquitecturas de mediación entre el cuerpo y el paisaje.

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Transcripción del audio

Hay una rara sincronicidad en el momento que vivimos. Casi por primera vez nos está pasando algo juntos y a la vez. Estamos todos en lo mismo, cada cuál desde una situación donde las relaciones de clase han quedado desveladas de un modo aún más crudo. Pero también lo que parecía imposible se ha vuelto posible de la noche a la mañana. La pandemia ha abierto una grieta en la realidad, se ha rasgado el manto de obviedad que lo cubre todo. Nos ha pasado como a Jim Carey, el Héroe de la película El Show de Truman, que termina rasgando el set de rodaje en el que vive. Nos hemos dado cuenta que el decorado en el que vivimos, puede separarse de la estructura que lo sostiene, que la economía puede ser detenida de un solo golpe, que no existen las inercias que le imaginábamos. Se ha echado el freno de emergencia ese que reclamaba Walter Benjamin.

Hasta ahora era más fácil imaginar el fin del mundo que el fin de capitalismo. Recordemos esas imágenes de turistas orientales cruzando la plaza San Marcos de Venecia con el agua por la cintura, y tratando de salvar sus bolsas de Gucci. Hoy parece que las cosas han dado un vuelco, y casi nos es posiblemente igual de fácil imaginar también el fin del capitalismo. De hecho, esta es la cuestión de partida de unos encuentros que hacemos estos días en la pequeña aldea de Lachaud en el centro de Francia. Esta iniciativa se llama Matériaux pour les écoles de la Terre.

Durante este verano, en muchos lugares hay encuentros de este tipo, pero este año además parece que es posible pensar en algo así como un cambio de deseo generalizado. Parece que la pandemia nos está dando la oportunidad de recomenzar.

Precisamente en un tiempo en el que la tecnología nos había ausentado del lugar en el que nos encontrábamos, resulta que el espacio ha irrumpido en nuestras vidas de forma muy concreta. Hemos sido conscientes de la proxemia entre los cuerpos, del espacio que nos separa y nos une a los demás. Comenzando por ese metro, metro y medio, o los cinco metros. También hemos sido conscientes del volumen de nuestra respiración o del rastro que dejamos al andar.

Paradójicamente el distanciamiento ha conseguido lo que no habían hecho décadas de lucha ecologista, mostrándonos en carne propia hasta qué punto somos, como diría Yayo Herrero, radicalmente interdependientes, cómo formamos parte de una cadena de escalas entre lo micro de virus y bacterias y lo macro del territorio y del clima.

En este contexto podemos percibir que la arquitectura ocupa siempre una escala entremedias de lo que existe, lo que hace que la arquitectura se vea afectada, de un lado por los cuerpos que la construyen y habitan, y del otro, por el territorio en que se asienta. Podríamos entender la arquitectura como una zona en torno a nuestros cuerpos, que es atravesada por todo tipo de flujos y significados, tanto culturales como materiales. Bien, pues en esta posición intermedia hay una posibilidad que creo que ha sido poco explorada hasta ahora y es que la arquitectura puede volver visible, precisamente, esa interdependencia de todo lo que nos rodea.

De hecho, durante el confinamiento hemos tenido una experiencia peculiar de nuestras viviendas y de lo que es habitar. La casa se ha comportado como un submarino desde el que percibíamos el mundo. Hemos sentido su volumen, sus paredes, su orientación respecto del sol, sus estrecheces y rincones. Incluso ha habido clases de danza online que se han centrado en redescubrir con otros ojos esos pequeños espacios olvidados de la casa.

Quizá nos hayan dado ganas de abrir un hueco a la calle, para capturar más sol o ver más horizonte. O quizá nos haya pasado como al personaje de la película Themroc, interpretado por Michel Piccoli. en la que un obrero que es despedido de la fábrica llega a su inmueble y cogiendo una maza comienza a abrir un enorme agujero hacia el patio de vecinos. Esta acción termina contagiándose y transformando ese patio. En realidad la apertura de este agujero, hecho de rabia pero también de júbilo, no es otra cosa que una invitación a abrir espacios de vida.

Quizá durante el confinamiento nos hayamos dado cuenta de que la casa es, además de un refugio contra la intemperie, un marco desde el que observar el mundo; un abrigo conceptual que ejerce una enorme influencia que ejerce sobre nosotras y nosotros. De hecho, se ha hablado del síndrome de la cabaña. Y es que todo espacio vivido nos confronta con el origen de la arquitectura y del habitar.

En la etimología de construir encontraremos que significa originariamente habitar, además de otros significados, como abrigar y cultivar. El habitar y el construir están por tanto hermanados, de hecho, es la manera en la que habitamos la que nos lleva originariamente a construir.

Bien, pues éste ha sido el punto de partida de un ejercicio que hicimos en la Escuela de Arquitectura de Madrid, en donde me encargó de un taller.

El ejercicio se titulaba El Observatorio, y lo hicimos durante las semanas de confinamiento. Consistía en hacerse con una zona de la casa y operar en ella transformaciones que intensificaran las relaciones entre el interior y el exterior. Hubo estudiantes que ocuparon parte de la cocina y la ventana con artilugios, o que transformaron sus dormitorios y la relación con la calle. Una estudiante colonizo varios días la bañera de la casa y la transformó en un ecosistema vivo que daba pie a ensayar otras formas de vida que surgirían durante la pandemia. El ejercicio consistía en filmar esta situación creando una narrativa, y estos videos pueden verse en sus blogs aquí adjuntos.

Trabajamos estas ficciones interiores -en casa- pero también hicimos ficciones sobre cómo se transformaría la ciudad. Para ello nos pusimos un poco en lo peor que nos podría pasar a partir de esta crisis sanitaria y ecológica que atravesamos, y después nos pusimos en lo mejor. En el fondo estos ejercicios trataban de situarse radicalmente en el momento que vivíamos para darle de algún modo salida a lo que nos estaba ocurriendo.

Y pienso que esto es un poco lo que nos ha ocurrido a muchos y a muchas. Creo que el confinamiento, seguido de esas salidas que después se nos permitieron, han sido un tiempo en el que se nos han pasado todo tipo de cosas por la cabeza. Yo al menos en estos paseos fui buscando y siguiendo los pequeños cursos de agua que se han formado esta primavera, y en ese kilómetro o dos descubrí zonas a las que nunca había ido. Allí casi sin querer imaginé las huertas que podríamos hacer para esta próxima primavera. También sé que ha habido gente que se han dado cita en los bosques…

Podríamos decir que en este tiempo hemos tenido una experiencia casi del colapso que parece que se anuncia en nuestras sociedades. Y esto a escala individual nos ha llevado, sin levantar mucho la voz, a imaginar de nuevo cómo reorganizarnos, al menos durante la pandemia.

Seguramente en ese radio de un kilómetro, incluso en zona urbana, habremos visto plantas silvestres que nos han sorprendido y que forman parte de ese jardín planetario, ese jardín en movimiento al que alude el paisajista y jardinero Gilles Clément.

Quizá hayamos sido conscientes de esa porción de planeta que ocupamos, que es una finísima capa donde es posible la vida, y que comienza unos centímetros bajo nuestros pies, y sube hasta una cierta altura sobre nuestras cabezas. Una capa a la que Bruno Latour ha llamado la zona crítica, aludiendo a su fragilidad y sus límites. Hoy casi todos nos hemos dado ya cuenta, al igual que dice este sociólogo, que nuestro mayor desafío como sociedad es aprender nuevas maneras de vivir en la tierra.

Esas nuevas maneras están un poco ya enunciadas. Los gobiernos y las corporaciones, y también nosotras mismas, retardamos el momento de empezar, porque como dice Jorge Riechmann: no nos creemos lo que sabemos.

Y los índices nos dicen que deberíamos estar reduciendo emisiones de efecto invernadero del orden de un 7% anual ya este mismo año. O que si queremos ser realistas y hacermos cargo del fin inminente del petróleo deberíamos reducir el parque de automóviles a un 3% del actual, es decir, deberíamos ir hacia una reorganización completa de nuestras sociedades.

Dicen quienes están analizando todo esto que para que la adaptación al cambio climático se haga desde la justicia social lo que nos haría falta es aplicar algo así como una economía de guerra que lo redistribuya todo.

Bien, pues en este contexto de crisis en cadena en el que entramos habría que recuperar actividades que habíamos externalizado o que nos habían sido expropiadas. Y la acción de construir es una de ellas, y además forma parte de la cadena de acciones que nos conecta con la vida: construir, recolectar, cultivar, cocinar, fabricar, tejer, trazar, dibujar, tomar el aire, hablar, inventar historias…

Es curioso que quien más ha hecho por poner a prueba las herramientas de la arquitectura en este nuevo contexto no han sido precisamente los arquitectos. En los últimos 10 años hemos visto aparecer formas de reivindicación en distintos puntos del planeta y de modos muy diversos. Estos movimientos pueden decirse que han tomado las herramientas de la arquitectura poniendo a prueba hasta qué punto habitar y construir es una forma de resistencia. Por aquel año 2011 comenzaron las primaveras árabes con la ocupación de plazas, siguieron muchas otras como el 15 M o Nuit Debout, etc.., y casi al mismo tiempo aparecieron las ZAD (zonas a defender), en bosques y otros tantos lugares en peligro.

A la luz de estas experiencias, pienso que desde la arquitectura profesional deberíamos preguntarnos de nuevo sobre las potencias que alberga la acción de construir. De qué modo la arquitectura se entrevera con los deseos colectivos. Necesitamos pensar qué arquitecturas se ajustan al mundo común que necesitamos componer. Necesitamos pensar el qué, pero sobre todo el cómo.

Y es que estas experiencias nos han mostrado que las herramientas de la arquitectura son capaces de tejer vínculos, no ya entre realidades existentes, como lo hacían en el pasado, sino entre fragmentos dispersos, entre gente que llegan de aquí y de allá. Mostrando que no es la comunidad la que construye algo, sino que es la acción de construir la que crea la comunidad.

Deberíamos poder sentir en toda arquitectura que habitamos en un planeta vivo que está en movimiento cíclico, que es extraordinario y frágil al mismo tiempo. Y para ello deberíamos poder hacer estas transformaciones con nuestras propias manos, comprendiéndolas desde el cuerpo. Deberíamos hoy, ya mismo, ir a recuperar los terrenos comunales del lugar en el que estemos, y si ya hubieran sido vendidos, reclamarlos, o inventar otros nuevos.

Por último, quería leer unos fragmentos de Marielle Macé, de un libro muy bello que salió en el 2019 y que se llama Nuestras cabañas (Nos cabanes). Está escrito a partir de estas experiencias de los campamentos durante estos últimos años:

Hacer cabañas: imaginar formas de vivir en este mundo dañado. Encontrar, aterrizar en un suelo, en un espacio de lucha.

Cabañas, no para retirarse del mundo, no para ponerse al margen, no para dar la espalda a las condiciones del presente. No una madriguera en un lugar preservado que nos haga creer que hilamos con una arquitectura primigenia, sino para plantarle cara a este mundo del saqueo. Hacer cabañas en los bordes de las ciudades, en su corazón, en los campamentos.

Cabañas para defender, cabañas que son ellas mismas una plaza. Cabañas económica y ecológicamente sobrias pero ricas en sentidos.

Cabañas para desafiar la precariedad, para oponerle convicciones, Cabañas que reclaman materialmente otro mundo al que ellas ya apelan y ponen a prueba.

Hacer cabañas, pero de ideas en lugar de ramas de sauce, con historias en lugar de cosas. Como formas de repensar el espacio, el tiempo, la acción, los vínculos.Cabañas para desafiar a este mundo, habitarlo de otras maneras, ensancharlo…


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