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OCTUBRE 2020 · ESP

El trabajo del arquitecto Juan Herreros prima la interdisciplinaridad y la colaboración. Sus proyectos, de muy diversas escalas, se caracterizan por atender siempre la movilidad, la sostenibilidad, la economía, los asuntos sociales y los protocolos de participación ciudadana.

En Ciudades pospandemia, Herreros hace un llamamiento para frenar las desigualdades, las emergencias ambientales y la renovación tecnológica. Una invitación a pensar seriamente en cómo queremos vivir juntos. 

Ciudades pospandemia #5

Audio: Juan Herreros
Realización sonora: Genzo P.
Edición y dirección: Kristine Guzmán y Eneas Bernal
Imagen: Estudio Herreros. Distrito Ecológico, 2012.

Conecta con el trabajo de Juan Herreros a través de estudioherreros.com y en Instagram.

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Transcripción del audio

Hola a todas y a todos,

Dejadme empezar felicitando al MUSAC y a Kristine Guzmán por esta iniciativa tan necesaria.

Grabo este audio en medio de la enésima discusión política sobre el establecimiento de un estado de alarma que esta vez parece que se prolongará meses, lo que nos permite vislumbrar que estamos consciente o inconscientemente construyendo un futuro que ya no puede sustentarse en la corrección, ni siquiera en la refundación nostálgica del que habitábamos hace solo un año con sus maravillas y sus contradicciones. La tarea es otra.

A estas alturas, ya sabemos que el mundo ha confiado demasiado en el crecimiento continuo como única forma de progreso. Ciudades, museos o compañías no han conocido en décadas otra forma de éxito que el aumento de tamaño. Sin embargo, desde hace ya 50 años sabemos que esta carrera tiene un final, un mal final que siempre habíamos imaginado lejano, pero que ahora descubrimos que ya lo estamos habitando y que los humanos somos parte del problema. Y es que el problema es la suspensión del futuro. Primero fueron las amenazas de que lo estábamos comprometiendo irresponsablemente —y por eso inventamos el concepto de “resiliencia”— pero ahora el problema más devastador del COVID-19 es la suspensión del futuro inmediato, y con ella, la suspensión de los proyectos de todo tipo, personales, profesionales, creativos. La arquitectura sufre esta circunstancia de manera dolorosa pues es en sí misma una disciplina fundamentada sobre la idea del proyecto, de la proyección de una cierta luz sobre el futuro, sobe el diseño de lo que aún no existe, y por ello, tiene mucho que decir en estos momentos convulsos.

En los últimos meses hemos asistido a una profusión abrumadora de esfuerzos por entender el presente como un tiempo de transición entre dos mundos, dos eras o dos culturas —¿”dos normalidades”?— de los humanos sobre la tierra. Por un lado, asistimos a una insistencia consoladora que nos revela que lo que estamos viviendo no es nuevo recordándonos el papel de las pandemias del pasado para reconfigurar la ciudad y cómo la humanidad y sus ciudades ya han superado situaciones traumáticas equivalentes y se ha servido de ellas para acceder a ciertos avances en la calidad de vida. Simétricamente, se ha desplegado una obsesiva necesidad de predecir el futuro incierto asentada sobre la sospecha de que no hemos reaccionado a tiempo ante una amenaza latente y sobre la preocupación por no conocer todas las ecuaciones de lo que viene.

Me gustaría desplegar un ejercicio sobre el papel que la arquitectura puede desplegar en la construcción del futuro evitando ambas derivas, esto es: renunciar al juego perverso de las predicciones adivinas con las que consolar la ansiedad que genera esta incertidumbre; y renunciar igualmente a la tranquilidad de que esta no ha sido la primera ni será la única pandemia que viviremos sobre la tierra. Por ello, me gustaría centrarme en lo que podemos hacer, con dedicación y solidaridad, utilizando de la mejor manera posible nuestra experiencia, pero abrazando los compromisos inevitables para darle a nuestro trabajo el sentido que merece.

Como arquitecto, la pregunta que me hago es ¿qué espera o debería esperar de nosotros el mundo —humano y no humano— ante esta situación? Es importante desterrar la fantasía de que la arquitectura puede cambiar el mundo por sí misma, pero sin duda es uno de los instrumentos más poderosos de que dispone la sociedad para mejorar su calidad de vida. Pero si la arquitectura, y los arquitectos, pueden dar forma a los deseos de la sociedad, la cuestión está en cómo y quién tiene la capacidad de formularlos. En este panorama lo que parece más importante es que la arquitectura disponga de la oportunidad y la libertad para ser propositiva ante las novedades que imaginamos que vendrán. Por eso insistimos en que los que tienen el poder de cambiar las cosas —políticos, desarrolladores, redactores de normativas…— deben hacerlo, y la arquitectura será la primera en dar forma a ese mundo nuevo. En las escuelas, esos lugares maravillosamente especulativos sobre las posibilidades de la disciplina, los estudiantes demuestran cada día que se podrían hacer muchas cosas, solo es necesario que alguien lo considere deseable.

Mientras tanto, es necesario insistir en que (no solo desde la arquitectura porque la construcción de un mundo nuevo es una tarea colectiva y multidisciplinar, pero sin duda contando con ella) tenemos que empezar a hablar en serio de cómo queremos vivir, y más especialmente, cómo queremos vivir juntos, todos, pues si hay alguna niebla que se disipa a toda velocidad es la que establece y clasifica a los humanos en razas, géneros, economías o capacidad de ser funcionales al sistema.

La vivienda, a la que hemos tenido que volver convirtiéndola en lugar de convivencia, trabajo y ocio, ha devenido en los últimos meses en escenario vital dilatado hasta el límite de su capacidad de carga. También ha caído como una losa que siempre estuvo ahí sobre nuestro sistema la componente más vergonzante de la falta de solidaridad cuando descubrimos que demasiados hogares no reúnen las mínimas condiciones para un habitar satisfactorio. Por eso digo que la vivienda ha recuperado de golpe un protagonismo en el debate arquitectónico que no tenía desde los años 70 cuando cedió su papel de laboratorio de las nuevas ideas al espacio para el trabajo convertido en depositario de los avances técnicos que culminan los ideales de la modernidad —clima artificial, luz fluorescente, fachadas acristaladas de muro cortina…—. Luego vinieron los grandes equipamientos —museos, auditorios, aeropuertos…— y la investigación sobre la vivienda quedó relegada a un ámbito intrascendente. Sin embargo, hoy podemos decir que la vivienda ha devenido tema crucial revelándose como el gran escenario de la calidad de vida cotidiana de las personas que ha mostrado en las experiencias de confinamiento unas carencias lamentables incluso en los pisos de unas ciertas dimensiones. Y es que esas viviendas cimentadas sobre los prejuicios de una espacialidad representativa y la acumulación de pertenencias derivan en un modelo de calidad trasnochado en el que para colmo resulta que no es posible el teletrabajo ni la convivencia cuando la simultaneidad de horarios se trastoca.

Por eso, superado el estadio primitivo de la arquitectura entendida exclusivamente como defensa de las inclemencias —de todo tipo— del mundo exterior, es importante recordar que la arquitectura es un instrumento de mediación con el mundo, un medio transicional, y que ese mundo con el que nos relacionamos no es otra cosa que una superposición de ecologías que son “nuestras ecologías”. No existe arquitectura útil ni necesaria que no busque una buena relación con la naturaleza, con el clima, que no quera ella misma ser parte de esa naturaleza contribuyendo y participando de la ecología que habita. Durante años hemos visto cerrarse las terrazas de los pisos que, todo hay que decirlo, no hemos sabido utilizar, para ampliar el salón. Hoy sabemos de la importancia de esos fragmentos de naturaleza doméstica —que, por cierto, las ordenanzas municipales penalizan sistemáticamente considerándolos superficie edificada—, también hemos aprendido de la importancia de una buena ventilación cruzada, de la necesidad de mezcla sana de colectividad e intimidad entre los convivientes, y tantas otras cosas que nos permitirán sin gran esfuerzo hacer mejores viviendas a partir de ahora con ayuda de las administraciones que deberán incentivar esos cambios.

Sin embargo, sabemos que la transformación de la vivienda propia en fortaleza bien equipada o lugar autosuficiente supone un despilfarro de energía y recursos que podrían ser compartidos al tiempo que se constituye en terreno abonado para un individualismo ridículo —¿la república independiente de mi casa? Por ello es tan importante volver nuestra mirada sobre el edificio de vivienda colectiva como soporte crucial de la cultura urbana —sin duda el mayor exponente de la idea de vivir juntos— y preguntarnos por qué en tantos siglos compartiendo escaleras y rellanos no hemos sido capaces de perfeccionar el modelo de comunidad más allá de compartir los gastos de mantenimiento. La tendencia reciente de los usos comunes, de las cubiertas activadas como lugares de ocio, la proliferación de huertos compartidos, hablan de una nueva generación de comunidades capaces de organizarse y lograr mejoras notables en su vida diaria evitando el anacronismo de que cuando se trata de la vivienda propia no hay otra mejora posible que la de acceder, una vez más, a un piso más grande. Por mencionar un ejemplo, los países que están activando experimentos de mezcla de vivienda social y de mercado en los mismos edificios superando el modelo de la vivienda social relegada a una periferia mal conectada y claramente marginal, llevan mucha ventaja en este proyecto de todos que es “vivir juntos”.

Si de la casa hemos pasado al edificio de vivienda colectiva, el siguiente paso ineludible es la ciudad, quizás la única utopía construida. Con todas sus virtudes, contradicciones y promesas incumplidas, la ciudad es el hábitat de casi tres cuartas partes de la humanidad, al menos en las áreas desarrolladas del planeta. El urbanismo más comprometido lleva décadas hablando de equilibrios necesarios, de movilidad sostenible, de la necesaria renaturalización, de la importancia de reducir los tiempos de los desplazamientos, de la responsabilidad de las ciudades en el cambio climático y su consecuente injusticia medioambiental. Si queremos, si los más afortunados reconocen sus responsabilidades y entienden que sin equilibrio y convivencia, ellos también sufrirán las consecuencias, nuestras ciudades podrían dar un salto significativo hacia lo que sin duda sería el logro más determinante de los tiempos venideros dejando un planeta más habitable a nuestros nietos.

Además, no hay que inquietarse pues no es necesario el borrón y cuenta nueva. Gran parte del trabajo está hecho. Solo necesitamos una nueva generación de los mencionados políticos, desarrolladores y redactores de normativas que opere conjuntamente para adaptar nuestras ciudades, edificios y viviendas a las nuevas necesidades. Y utilizo la palabra “adaptar”, como podría usar “corregir” o “superponer”. Sin duda habrá muchas cosas nuevas por construir, pero sobre todo hay una complejísima instalación de los humanos sobre la tierra que hay que actualizar dotándola de una segunda oportunidad. Si realmente creemos en nuestro compromiso de ser resilientes, la adecuación de lo existente es la actitud más responsable y quizás la más factible y eficiente.

Quiero hacer una derivada en este manifiesto sobra las instituciones y muy especialmente sobre los equipamientos culturales como reconocimiento al hecho de que sea un museo quien promueve estas conversaciones, pero también porque en estos momentos necesitamos el arte y la cultura más que nunca. El arte nos habla de lo que somos y nos alumbra sobre los peligros de los planes vacíos. En este momento en el que los artistas están padeciendo la pandemia de manera cruel y las instituciones culturales sufren la agresión de unos recortes extenuantes, ni unos ni otras han dejado de trabajar un solo momento para describir el presente con su sentido crítico y para ayudarnos a vernos a nosotros mismos en este contexto con todas sus consecuencias. Los museos cambiarán, es evidente, pero esa tarea la sabremos acometer, no hay duda. En los últimos tiempos todos los grandes museos han emprendido una transformación importante, muchas veces una ampliación elefantiásica para adaptarlos a las coordenadas de su tiempo, quizás aquellas que decían que si no creces estás muerto. Ahora cambiarán de nuevo, pero no para crecer sino para convertirse en verdaderos hubs sociales, para asumir su rol como lugares de encuentro, centros educativos, de discusión, como laboratorios de ensayos y lugares para hacerse preguntas. Sin duda veremos una nueva generación de instituciones culturales que serán por fin consideradas infraestructuras urbanas tan importantes como las líneas de transporte o la red de ambulatorios.

Pero ¿cómo podríamos afrontar los retos de estas transformaciones desde una disciplina como la arquitectura que navega entre el pragmatismo y la poética? ¿Cómo encaramarnos nuestro deseo de dar respuesta a las preguntas planteadas en un medio que apenas te acercas despliega un sistema implacable de convenciones y verdades inamovibles muy difíciles de doblegar aunque estén fuera de contexto y dificulten el desarrollo de una posición innovadora?

Quizás el sistema de la arquitectura tal y como está estructurado alrededor de una serie de grandes oficinas que apenas se cruzan en su camino con la generalidad de las de tamaño medio y pequeño, que son a la postre las que hacen el grueso del trabajo que realmente afecta a la vida de las personas, está en crisis. Las primeras son minoría y en cierto modo han construido el prestigio y el desprestigio de nuestra profesión mientras despliegan una colonización implacable del mundo en vías de desarrollo. A las segundas no se las ha valorado en su importancia por atender cuestiones primarias como la historia local, la restitución de un diálogo verdadero con la naturaleza o la construcción de una felicidad cotidiana alejada del consumo como única forma de homologación global. Alejadas de las grandes ciudades que acumulan las oportunidades y las escuelas, esta masa silenciosa de profesionales que se acumula en los estudios de tamaño mediano y pequeño, debidamente apoyada y estimulada, podría ser un motor de cambio con una capacidad de penetración capilar, de democratización del acceso universal a la arquitectura de calidad, de dimensiones colosales. Quiero terminar haciendo un llamamiento a la necesidad de implementar prácticas profesionales basadas en la teoría, la investigación y la construcción de un pensamiento crítico. La solidaridad, el compromiso y la aceptación del otro son parte del código deontológico de esta profesión. Necesitamos una nueva generación de clientes, unos programas públicos avanzados y experimentales, y unas formas colectivas y transversales de trabajo profesional que aún no existen. Mantener la estructura actual solo se entiende desde el miedo o la nostalgia. Las nuevas generaciones de arquitectos tienen ante sí un reto tremendo y es responsabilidad de todos dejarles un espacio en el que la arquitectura tenga un papel determinante para hacer frente a la desigualdad, la emergencia medioambiental y la renovación tecnológica. De lo contrario la arquitectura devendrá pronto en superficial y sus protagonistas en personajes de la “antigua normalidad”.


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