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ENERO 2021 · ENG

Roberta Lima pone la atención en su propio cuerpo como eje de su práctica artística que presenta a través de medios diversos como la fotografía, el vídeo o las instalaciones. En sus trabajos, investiga el espacio apropiándose de aspectos de diferentes lugares y contextos, desde subculturas a temas científicos, desde archivos populares a referencias históricas y teoría feminista.

En Ciudades pospandemia, la artista comparte sus reflexiones sobre el momento que afrontamos desde su estudio; un taller al aire libre situado en Helsinki y la pequeña isla al sur de la ciudad en la que la artista vive rodeada por el agua y bosques exuberantes. El aislamiento, el frío y el trabajar en un contexto nuevo para ella –sumados a la crisis del coronavirus– ocupan las inquietudes de la creadora. Unos límites sociales y culturales que se encuentran tras el rico proceso creativo que subyace en su propuesta Ghost Plant  [Planta fantasma]. 

Ciudades pospandemia #

Audio: Roberta Lima
Realización sonora: Genzo P.
Comisariado: Kristine Guzmán y Eneas Bernal.
Imagen: Roberta Lima. Ghost Plant, 2020.

Conecta con el trabajo de Roberta Lima a través de https://www.robertalima.com/, e Instagram

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Transcripción del audio

Siempre he mirado a mi entorno como punto de partida de mi práctica. También me ha servido como guía para posicionarme políticamente y afirmar mi identidad. En Brasil, comencé a indagar más en la subcultura de las modificaciones corporales y su relación con la arquitectura; en Viena, traté de adquirir más conocimientos académicos e integrarme en la cronología en género y cuerpo de las artes austriacas. Desde que me mudé a Finlandia, mi taller se expandió hacia el exterior.

Si bien, por un lado, mi traslado a Finlandia ha dado lugar a numerosas posibilidades de crecimiento; por otro, me he enfrentado a limitaciones sociales y culturales. En Viena, vivía en una zona céntrica, podía ir andando desde mi taller hasta la Academia de Arte, donde estudié y, más tarde, trabajé. De camino a esos espacios, me reunía con amigos, pasaba por la Mariahilferstrasse (una de las calles más concurridas de Viena), veía gente sentada en las cafeterías y socializando.

Aquí en Finlandia, vivo en una pequeña isla en Helsinki, enfrente del centro y al otro lado del mar Báltico. Estoy rodeada de bosque y agua. Si quiero ver algo más que a unas pocas personas, tengo que ir en coche al centro. Me di cuenta en seguida de que Helsinki no tiene nada que ver con Viena y sus estructuras. También me di cuenta de que el tejido urbano y la forma en que las personas interactúan están relacionadas. Los 23 distritos de Viena se distribuyen en forma de espiral alrededor de un núcleo central. La mayoría de actividades culturales tienen lugar en el centro y en los distritos más cercanos al centro de la ciudad. Helsinki está dividida en la zona oeste y este. Mientras que el sur (donde se ubica la isla donde vivo) se encara hacia el mar y el llamado Archipiélago de Helsinki, las zonas del norte se extienden hasta las ciudades vecinas de Vantaa y Espoo. Si no vives en el centro, cualquier desplazamiento se debe hacer en transporte público o en coche. La mayoría de las tiendas se encuentran en centros comerciales. Los aparcamientos subterráneos se extienden como una “ciudad debajo de una ciudad”, las calles se conectan a través de un enorme refugio antibombas tallado en las rocas. Estos edificios son el reflejo de unas ideas históricas y geográficas de protección: de la guerra, del frío.

Es un mito pensar que los finlandeses no socializan. Claro que lo hacen, pero de una forma peculiar. Creo que los finlandeses tienen un vínculo especial con la naturaleza y valoran las “pequeñas cosas”. Me di cuenta de que a los finlandeses les gusta mantener la sencillez, reduciendo el contacto a su familia y a su círculo más cercano de amigos. Tal vez, debido al invierno y a las largas horas de oscuridad, los finlandeses están más acostumbrados a permanecer en el interior y al aislamiento. No solo los finlandeses, sino también los extranjeros que viven en Finlandia se comportan de manera diferente en este entorno. Incluso antes de que la pandemia comenzase, ya me sentía aislada. Tuve dificultades para hacer amigos, establecer contactos y encontrar oportunidades para mostrar mi trabajo en Finlandia. Pero mirándolo desde una perspectiva más positiva, fue en Finlandia donde, por primera vez en mi vida, pude sumergirme totalmente en mi trabajo y en el privilegio de tener tiempo y libertad para trabajar en mi arte. Es como vivir en un paisaje utópico, lo contrario del país donde nací, donde nunca me sentí completamente segura ni libre.

En mis trabajos recientes, indago en las posibilidades del cuerpo como fuente de energía y como elemento que desafía y redefine estructuras. También investigo formas alternativas de comunicación.

Trabajar en remoto era mi realidad antes de la crisis del coronavirus. Se podría discutir que ciertos protocolos en Helsinki, como la higiene en la cultura de la sauna, o el distanciamiento calculado casi matemáticamente en las colas, también preceden al virus.

Existe una diferencia obvia entre la forma en que los ciudadanos finlandeses han gestionado la pandemia, en comparación con otros países como Brasil y Austria. No diría que las cosas en Finlandia son normales o mejores, pero no me cabe duda de que las comunidades finlandesas han gestionado la situación de forma diferente, lo que permitió que la mayoría de tiendas e instalaciones deportivas privadas permaneciesen abiertas durante las vacaciones.

Al vivir en una isla, no noto muchos cambios en los espacios urbanos. Cuando voy al centro, todavía tengo un sentimiento surrealista de una ciudad casi “pospandémica o apocalíptica”. Unos días antes de las vacaciones, los centros comerciales estaban vacíos y los restaurantes cerraban más temprano. La ciudad no estaba vacía debido al confinamiento o a las restricciones, sino porque la mayoría de la gente cumplía las normas. Esto resultó porque muchas personas eligieron trabajar en remoto, y reducir el contacto social.

Ya que no podía visitar exposiciones de arte ni podía establecer relaciones a través de mi trabajo, decidí permanecer en la isla y centrarme en mi práctica. Me mantuve súper ocupada durante todo el 2020 con mi último trabajo, llamado Ghost Plant [Planta fantasma]. El resultado de este proyecto de un año fue una revelación: al no poder viajar como estaba planeado, todas las imágenes se produjeron en mi taller y en la zona donde vivo. Más tarde, cuando llegó el momento de organizar exposiciones de arte, tuve que contar con la gente de Viena, y confiar plenamente en ellos. Eso fue súper novedoso y seguramente cambió mi forma de hacer y pensar el arte: para mejor. En mis próximos trabajos, tengo la intención de mantener como centrales temas como la sostenibilidad y la movilidad. Además, quisiera seguir cuestionando cómo la producción artística puede contribuir a los cambios necesarios en la sociedad actual y fortalecer el valor fundamental del arte en tiempos de restricción.

En Ghost Plant hago referencia al concepto de Internet del Bosque [The Wood Wide Web] para elaborar una representación visual de las redes de ayuda y conectividad. En el bosque, se cree que las diferentes especies de árboles luchan por la luz, pero en realidad, se benefician unas de otras al compartir el mismo espacio. Las raíces entrelazadas y una relación simbiótica con los hongos crean una economía sumergida basada en la cooperación.

La solidaridad se ha convertido en una herramienta importante para mí, para reflexionar sobre las formas en que nos comunicamos y funcionamos dentro el sistema artístico. Utilicé diferentes sistemas de ayuda y conectividad [systems of support and connectivity] para realizar y mostrar Ghost Plant. También exploré con la paradoja del aislamiento: cuanto más me aislaba, más conectada me sentía con mi cuerpo, con mi entorno y con otra gente.

Pero seguía preguntándome si sería capaz de hacer amigos y sentirme como “en casa” en Helsinki. La mayoría de residentes en Finlandia viaja al extranjero para huir del frío, incluso yo. El año pasado, las personas eligieron permanecer en el país y buscar alternativas dentro de Finlandia. En octubre, fui a una diminuta isla en la costa oeste de Finlandia (a 2 horas de distancia de Helsinki). No había coches, ni tiendas, solo unas cuantas cabañas. Solo se podía entrar y salir de la isla en barco. Allí, conocí a un grupo que cambió mi percepción de los finlandeses. No sé si fue por el virus, o por el hecho de que ninguno de nosotros podía viajar al extranjero para ver “algo más”, o simplemente si era el momento justo y el lugar perfecto, pero aquellas personas se convirtieron en mis amigos. Cuando volví a Helsinki, la ciudad parecía demasiado grande, demasiado abarrotada. Sin embargo, se sentía más como un hogar.

Comencé a aceptar el frío, en vez de huir de él, socialicé, y ya no me aislé. He empezado a vivir Finlandia y la cultura finlandesa de una forma completamente diferente.

En 2019, leí un libro titulado Finding Sisu escrito por una autora nacida en Finlandia, Katja Pantzar, quien creció y estudió en Canadá. Cuando Katja se mudó a Finlandia, descubrió la palabra “sisu”, un término finlandés que se utiliza para describir una forma particular de resiliencia y coraje. En su libro, Katja describe su trayectoria, experimentando actividades físicas curativas y transformadoras que tienen lugar en la naturaleza. Fue el libro de Katja lo que me animó a quedarme en Finlandia y explorar diferentes perspectivas. Recuerdo la primera vez que me metí en agua fría como terapia tonificante. Buscaba más contacto con la naturaleza. Durante la investigación para Ghost Plant, asistí a un taller de búsqueda de hongos. Tenía lugar en una zona cerca de Helsinki y se impartía en inglés. Éramos un grupo pequeño y comenzamos a hablar. No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que Katja estaba allí. Me contó que era escritora, y que su libro se llamaba Finding Sisu. Le dije “¡he leído tu libro! Fue la razón por la que me he quedado en Finlandia”.

Hace poco fui a nadar en hielo otra vez. A lo largo de la costa de Helsinki, hay bastantes clubs que se dedican a la práctica de nadar en aguas frías o congeladas durante el invierno. Proporcionan vestuarios e instalaciones por una tarifa anual muy asequible. Y con la pandemia, también ofrecen desinfectante de manos y mascarillas para utilizar en las zonas comunes. Me di cuenta de que cuanto más disfruto las “pequeñas cosas” finlandesas, más solidaridad encuentro.

Aun echo mucho de menos Viena. Ha sido mi hogar durante los últimos 20 años. Fue la ciudad donde he vivido el periodo ininterrumpido más largo de mi vida. Echo de menos mis redes de apoyo, los amigos que hice a lo largo de los años. Echo de menos poder quejarme y ser una gruñona algunas veces. Echo de menos el enfrentamiento y los debates emocionantes. Y, sobre todo, echo de menos no ser la única que incumple las normas o las cuestiona. Me da pena que haya tenido que posponer dos veces mi viaje allí y el no poder montar mis propias exposiciones. Ni siquiera las he visto todavía.

Pero tener que quedarme en Finlandia en 2020 me ha hecho darme cuenta de que no tengo que esperar un acontecimiento especial o el “momento perfecto” para hacer mi trabajo. Es la mayor lección que me ha enseñado la pandemia. Mi objetivo es seguir viviendo el presente y continuar ejercitando el sisu finlandés. ¿Quién sabe? Quizás, con el tiempo, Finlandia también pueda aprender algo de mí.


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